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Otras islas

Mangareva, las islas en el fin del mundo

A 1.700 km de Tahití, elegir visitar Mangareva es elegir vivir la experiencia de un destino poco común, el extremo del extremo del mundo, que deja marcado al visitante para siempre. Más allá de la espectacular belleza del lugar –cinco islas y decenas de motu en una laguna fabulosa-, el visitante queda atrapado por la serenidad contagiosa del ritmo de vida y literalmente hechizado por un patrimonio tan insólito como considerable.

3 buenas razones para elegir Mangareva

Un archipiélago íntimo

Lejano y pequeño, el archipiélago de las Gambier es también el menos frecuentado. Los viajeros que deciden visitarlo se sienten privilegiados, ya que son recibidos con entusiasmo y conocen rápidamente la comunidad local, acogedora y amable. Las islas, que se han conservado salvajes, cuentan con abundantes tesoros naturales y culturales que se descubren con fascinación y siempre en buena compañía. El conjunto forma una alquimia indescriptible de exotismo y bienestar.

Una laguna asombrosa y unas montañas exuberantes

No tengamos miedo de las palabras: la laguna, que contiene la totalidad del archipiélago, es probablemente la más increíble de Polinesia. Unas veces transparente y arenosa, otras turquesa y con bolas coralinas, despliega toda una gama de azules que el verde poderoso de las montañas circundantes subraya maravillosamente. Unas montañas que se exploran fácilmente para disfrutar de unas vistas excepcionales.

Un patrimonio arquitectónico atípico que incluye la mayor catedral de Polinesia

Si bien subsisten algunos vestigios de marae, fosos de cultivo y otros testigos de la civilización preeuropea que hay que descubrir, en Mangareva lo que fascina es sobre todo el patrimonio religioso del siglo XIX. Se dice que la fe mueve montañas: en las Gambier ha movido toneladas de coral. Cuna del catolicismo, los misioneros y los locales convertidos hicieron surgir de la tierra, entre 1840 y 1870, cientos de edificios religiosos con la fuerza de sus brazos. Iglesias, presbiterios, conventos, escuelas y torres de vigilancia que todavía hoy pueden visitarse en Rikitea, 'Akamaru, 'Aukena y Taravai, algunos en un estado de conservación notable, mientras que otros están en ruinas.

Uno de los mayores y más antiguos monumentos de Polinesia se alza orgulloso en Rikitea: la catedral de San Miguel (1848), recientemente restaurada en su totalidad. Una construcción que es un milagro: fue enteramente realizada con coral (piedras talladas y morrillos) y madera, con la fuerza de los hombres. El interior está decorado con maderamen y el altar con finas incrustaciones de nácar. Una calidad de ejecución  admirable, por no hablar de los esfuerzos y del valor necesarios para edificarla vistas las numerosas dificultades que tuvieron que encontrar los “constructores del fin del mundo”, los padres, hermanos y la población de la época.

-      Un archipiélago auténtico y cargado de historia: una naturaleza intacta, una población acogedora y un patrimonio de una gran riqueza.

-      Unas perlas de cultivo de gran calidad y con reflejos incomparables, resultados que se deben en parte a la pureza de las aguas de la laguna.

-      Actividades acuáticas y terrestres para todos los gustos: senderismo, paseo, excursiones en la laguna, esnórquel, descanso, visita a granjas de perlas...

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